En el planeta Tierra existe gente privilegiada que nació en la elegancia y sofisticación. Es así, no pueden evitarlo... Ni siquiera si eso fuera lo que quisieran. No sé cuántas veces sus almas tuvieron que cruzar el Leteo, para aún así seguir reencarnándose tan refinadamente.
Estoy hablando de aquellas personas que más allá de cómo se peinen, o como vistan, siempre, pero siempre lucen bien. Es algo casi increíble. Pueden llegar a pronunciar las animaladas más atroces que jamás se hayan escuchado, y aún así eso no tendría importancia; ellas no dejarían de verse hermosas. Si alguien me dijese que defecan soretes blancos, admito que yo sería capaz de creerlo.
Estoy hablando de aquellas personas que más allá de cómo se peinen, o como vistan, siempre, pero siempre lucen bien. Es algo casi increíble. Pueden llegar a pronunciar las animaladas más atroces que jamás se hayan escuchado, y aún así eso no tendría importancia; ellas no dejarían de verse hermosas. Si alguien me dijese que defecan soretes blancos, admito que yo sería capaz de creerlo.
A este tipo de personas les guardo la envidia más sana que podría tener (si la envidia sana existiese), por el simple hecho de que yo no formo parte; desgraciadamente nunca lo hice, y -muy a mi pesar- nunca lo voy a hacer.
No soy elegante. No soy sofisticada... Pero ni remotamente. Lo sublime dejémoslo para dentro de 6 generaciones, o quizás más. En mis 20 actuales años de vida, aseguro que pasé un tercio de ellos intentando ser esa clase de persona, aunque solamente eso fue lo que logré hacer... intentar (o mejor dicho, FRACASAR). Durante el siguiente tercio, viví del lado enemigo, convirtiéndome en un estrambótico mamarrache andante, del cual hoy todavía quedan trozos.
En estos momentos, estoy rasguñando para poder alcanzar lo que se podría denominar "común", o al menos... vulgar. Estoy haciendo casi lo imposible para ser una más del resto, para formar parte de la mediocridad satisfecha y a gusto de su condición que sigue dejando mucho que desear. Pero lo más patético de todo el asunto, es que muy en el fondo de mí llevo la absoluta certeza de que nunca voy a dejar de ser una mencha. Lo llevo en la sangre, la negrada corre por mis venas y no hay nada que hacerle. Qué tristeza.

