Su numinoso orgullo -a su vez ciego y rengo- no le deja pronunciar la verdad.
Las palabras no salen de su boca, su lengua retorcida no quiere hablar.
Él empuja y empuja las letras desde el fondo de su cabeza,
pero la autosuficiencia lo obliga a callar.
¡Si fuera como un caballo con rienda suelta, un potro sin domar!
Pero lo que adentro de su ser grita, por fuera lo obliga a escapar.
Supongo que a veces necesitamos apoyar la cabeza en el hombro de alguien,
que inspire confianza, que sepa cuidar...
Y que esa otra persona nos sostenga por un tiempo, en esos momentos de peor debilidad.
Hoy él necesita recostarse en su regazo, y que le haga saber que todo va a pasar.
Que lo abrace hasta la asfixia y se haga cargo de él, que no sienta pánico al verlo llorar.
Hoy él quiere a alguien al lado suyo que lo sobreproteja, que sepa que está realmente mal.
El espera que ella cruce la puerta y le susurre: "No sigás estando triste, yo ya estoy acá".