Y entonces, lo entendí.
A cualquier parte que yo vaya, él está. Cuanto más me alejo, más cerca. Podría
ser succionada por un agujero negro o viajar al centro de la tierra,
pero a donde sea, él va conmigo... Solo que no lo sabe a ciencia cierta.
Intenta continuamente y sin descanso ser mi único Dios, formar parte de mi secta bipersonal, ser el sol en el centro de mi galaxia, mi ley mosaica. En realidad, quizás no él en el sentido estricto del término, sino su recuerdo. Y me desbordo en la angustia, de verdad.
Le echo toda la culpa al fantasma idealizado -de él- que tengo en mi cabeza, la maldita rebelde que se posa arriba de mi cuello reúne todo lo bueno de él y lo amplifica, lo esparce; en cambio, hace todo lo opuesto con su lado defectuoso,
ya que sus defectos quedan disminuidos hasta dejar de existir. Mi mente
selecciona los mejores recuerdos, y encajona al resto.
Mientras yo no use mi sentido de realidad para corroborar que mis fantasías están totalmente desacertadas, voy a seguir en el mismo patético estado de ensoñación.
Creo que me gusta, me siento cómoda en él, hasta algunas veces incluso me olvido de porqué estoy sola.
QUIERO QUE ÉL VUELVA; NO ME IMPORTA CÓMO, DONDE NI PORQUÉ, MIENTRAS VENGA.
QUIERO QUE ÉL VUELVA; NO ME IMPORTA CÓMO, DONDE NI PORQUÉ, MIENTRAS VENGA.