Pamela Meneghello

Pomelo Rosado

15.9.13

Limón, nuez y libido.

Desde hace eternidades, asumo ya, que elevé a la posicion de irrefutable la advenediza creencia de que si -y solo si- aquellos a quienes brindaba mi desbordante y acelerado afecto me correspondiesen, entonces algo en mí mágicamente adquiría  un cierto valor peculiar del que pocas mujeres gozaban (por no saber decirlo de otra manera) y obtenía la satisfactoria sensación de que cierta parte en mi existencia como persona de género femenino cobraba sentido.
Si no amaba, probablemente se debía a que estaba girando con y por el mundo, deseando ansiosamente ser la posible víctima del incansable acecho de quien quisiera dignarme su "sincero" afecto. Si no pretendía a nadie, quizas era solo porque me estaba preparando para ser pretendida por alguien más.
Si el único, perfecto y majestuoso muchacho de turno decidía dejar de quererme, o demostrarme que nunca lo hizo en realidad, entonces era mi obligación hacer una recapitulación introspectiva de la "relación" (llamemoslo vínculo, llamemoslo peor es nada, da igual), buscar cuales fueron mis errores y desperfectos, resaltar mis defectos y carencias para auto-convencerme de que si conseguía llenarme con eso que me faltaba, o corregir lo que no funcionaba, él iba a darse cuenta de que se había equivocado. Ese fue para mí siempre el punto clave, el quid de la cuestión, el motor de arranque para realizar excesiva cantidad de actividades totalmente innecesarias que no solo malgastaban mi tiempo y presupuesto sino que me terminaban alejando del propósito original, en cuestión. Todo en lo que se resumía mi simple meta era que él me valorara y extrañara lo suficiente como para querer volver.
Por alguna razón que desconozco se había anidado como dogma en mi cabeza la gran mentira de que algo en mí emitía una insinuante luz,  pero solo exclusiva y unicamente cuando sentía que ellos me querían, y me esforzaba por mandar señales de auxilio si ellos giraban la cabeza hacia otro sitio.
Hoy me doy cuenta de que todo eso era pura cháchara, eran solo gran gran grandes pensamientos automáticos distorsionados, disfuncionales y desacordes con la realidad.
No necesito a ningun hombre para construir mis días, nunca lo hice. Me valgo por cuenta propia, depende de mí, de mí solamente apagarme o encenderme. Lo que ellos sientan o no sientan, que estén o no estén, que me valoren o no, no me modifica en lo mas nimio a menos solamente que yo permita tal cosa. Nunca fueron lo esencial ni lo indispensable, al contrario. Ellos solo son un simple detalle, un simple condimento, en la apabullante secuencia indefinida de momentos que conforman mi supervivencia.